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Brescia neoclásica y del Ottocento

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Brescia Plaza Arnaldo

Caída la Serenísima, llegan los Franceses; en marzo de 1797 Brescia se une a la República Cisalpina siguiendo el destino del Reino de Italia hasta la llegada de los Austriacos (1814) que la rigen con el Reino del Lombardo Véneto hasta junio de 1859. La época napoleónica se muestra particularmente feliz por la cultura bresciana: nace el Ateneo de Ciencias, Letras y Artes y trabajan en la ciudad literatos y hombres de cultura de la grandeza de Ugo Foscolo, Giovita Scalvini y Cesare Arici.

Durante la dominación austríaca el espíritu de resurgimiento culmina con la insurrección de 1848 y con las X Jornadas de 1849. Los brescianos plantan cara durante diez memorables días al ejército austriaco hasta que el mariscal Haynau ordena destruir todo y masacrar con arma blanca también a mujeres y niños.

Por el gran coraje demostrado Brescia se convierte en la “Leona de Italia”, un título atribuido más tarde por los poetas Aleardo Aleardi y Giosué Carducci.

Desde 1859 la historia de Brescia es la de la Italia unida, a la cual ofrece una clase política de prestigio (Giuseppe Zanardelli es un ejemplo), de estudiosos (sobre todo en el campo de la Pedagogía) y un eficiente ejemplo de solidez económica y social, a través de un proceso de industrialización de los más desarrollados de Italia.

**Del período neoclásico hacia delante la ciudad cambia su aspecto dirigiéndolo hacia los cánones de “ciudad moderna” iluminista. Nuevas posibilidades de reorganización urbanística y funcional provienen de dos importantes eventos llevados a cabo en la edad napoleónica que aceleran el proceso de innovación: por encima de todo la confiscación de las propiedades eclesiásticas, que permite la reorganización de los servicios colectivos (una escuela en San Barnaba, la caballería en San Antonio, cuarteles en los monasterios de S Giulia, de S. Eufemia – todavía hoy los claustros están ocupados por el Distrito militar- y de los Santos Pietro y Marcelino sobre el cerro Cidneo) y, en segundo lugar, el progresivo desmantelamiento de las murallas que pierden así la originaria apariencia maciza. Asumen después, durante el dominio austriaco, la función no ya de defensa de la ciudad, pero si de barrera aduanera, ya que las mercancías introducidas en el centro urbano estaban sujetas a impuestos y el control se realizaba a través de las cinco puertas de acceso.

Después del decreto napoleónico de 1804, que prohibía la sepultura dentro de la ciudad, se comenzó a enterrar a los difuntos en un campo fuera de las murallas. Se le asigna entonces, al arquitecto bresciano Rodolfo Vantini (de aquí el nombre de “Cementerio Vantiniano”) el proyecto de una monumental ciudad de los muertos, cuya construcción se inicia en 1815. El conjunto de pórticos, galerías, monumentos, el gran faro (una columna dórica escalonada, de 60 metros de alto, que se apoya sobre una base circular y está coronada por una linterna) que caracteriza el cementerio, fue concebida por Vantini como un contexto arquitectónico unitario y homogeneizado por la impronta tipológica rigurosamente neoclásica y arqueologizante.

La “forma urbis” se modifica definitivamente con la nueva red viaria y la sucesiva urbanización de las zonas extra moenia que son surcadas por las nuevas circunvalaciones externas; cambia en primer lugar el área atravesada por la nueva carretera de Milán que se urbaniza rápidamente entre el nuevo cementerio vantiniano y la puerta de San Giovanni (ahora plaza Garibaldi). También las otras zonas cercanas a las puertas se recalifican, también porque allí, cerca de los edificios aduaneros, se instalan los nuevos mercados: Mercato dei Grani (Mercado del Grano); en la actual Piazzale Arnaldo, cerca de la puerta Torlonga o Torrelunga después Porta Venezia, y del vino al lado de la puerta S. Alessandro. De esta forma se recuperan las zonas del centro histórico liberadas de los mercados que dejan espacio a plazas o nuevos edificios, entre los cuales el más importante sigue siendo el Teatro Grande (1808-1809).

En 1823 se emprenden las excavaciones arqueológicas que sacan a la luz los resto del Capitolium y el año 1830 firma el nacimiento del primer museo bresciano.

En 1853 también Brescia se conecta a la red ferroviaria; la estación, inspirada en la arquitectura militar hasbúrgica, es la última huella de Brescia como ciudad del Lombardo Véneto.

La disolución de los límites históricos de la ciudad y la expansión fuera de las murallas, ahora ya inexistentes, es marcada y controlada, hacia final de siglo, por una atenta legislación. La administración municipal decreta normativas para la recuperación del centro histórico y el englobamiento de los territorios limítrofes, y desarrolla planes reguladores para la construcción de viviendas de obreros a lo largo de las vías de circunvalación y en la periferia inmediata.