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"Santa Giulia crucificada", Carlo y Giovanni (?) Carra

Mié, 14/05/2014 - 11:22 -- Laura
Itinerario: 
Tipologia: 
Brescia, "Santa Giulia crucificada", Carlo y Giovanni (?) Carra

Las fuentes del siglo XVII – las guías de Bernardino Faino (1630-1669) y de Francesco Paglia (1660-1701) – recuerdan con gran admiración la Santa Giulia en la cruz en la iglesia nueva de las monjas benedictinas; recuerdan también sus autores, identificándolos con Giovanni y Carlo Carra, hijos de Antonio, titular del taller más importante en el panorama de la escultura del siglo XVII en ciudad y en provincia: precisamente a los Carra corresponde la realización del Arca de los santos Faustino y Giovita en la homónima iglesia bresciana (1618-1626). A la muerte del padre Antonio (1632), Giovanni y Carlo – el tercer hermano, Stefano, pondrá en marcha una floreciente actividad de arquitecto – recogen la tradición del taller paterno y trabajan en la que parece una suerte de simbiosis. La única excepción de relieve es cuando Giovanni firma orgullosamente el Altar de San Benedetto a los Santos Faustino y Giovita (1645-1648).

Por más que incluso la Santa Giulia del Museo de la Ciudad salga de ese taller – antes del 1630, año en el cual la recuerda el texto del Faino – la suavidad de la elaboración del mármol, la delicadeza de la expresión y la delicada modulación de los planos luminosos traicionan una mano completamente diferente respecto al San Benedetto firmado por Giovanni: en este último, los rasgos y el desgaste son más decididos, el drapeado resulta mucho más esquemático, además de fascinante. Estamos en el campo de la hipótesis, pero gran parte de su ejecución correspondería a Carlo, que revistió autónomamente un rol de absoluta importancia como “inzegnero sobresaliente de la fábrica” del Duomo Nuevo, entre 1621 y 1659; Carlo, además, resulta el firmante de la mayor parte de los contratos sobrevrevivientes, dejándonos la idea de que haya sido él precisamente el coordinador de los trabajos en el seno del taller familiar.

La rareza de la representación de la mártir cartaginesa no consentía a Carlo de volver a los modelos consolidados en área bresciana, si no a los ejemplos pictóricos sobre las paredes del monasterio, además diferentes y difícilmente accesibles. El modelado sensible y el refinado esmerilado del mármol parecen derivar del mejor de los ejemplos en área bresciana, el bellísimo Cristo del monumento al obispo Bollani (1577-1578), que el trentino Alessandro Vittoria había esculpido para el Duomo Viejo y que ahora es conservado en el Museo de la Ciudad: en ambos casos, el rostro es resuelto con planos largos, la boca está entrecerrada con gran delicadeza y la expresión traiciona un rebuscado equilibrio incluso en el sufrimiento y en el éxtasis.

Estamos en los umbrales del Barroco, en un momento en el cual el arte bresciano, que será siempre un poco sorda al llamado del Seisciento romano, es todavía atraida por la tardía Maniera imperante en la obra del Duomo de Milán. El joven Carra, aquí, logra atenuar ciertas exasperaciones formales típicas del Manierismo – las poses muy articuladas, las expresiones sobrecargadas y la metálica perfección del modelado – gracias a una recuperación que nos gusta definir “neorenacentista” del arte del Vittoria, de su equilibrio y de su serenidad expresiva. Brescia, todavía, desde siempre ha sido atraída por el “tono medio”, la conmistión entre sensualidad y éxtasis, connatural a la representación de una mujer semi-desnuda, puede encontrar espacio sólo en una dimensión hecha de pasiones retenidas, de sonrisas y de dolores vividos individualmente. Carra debe resolver con la máxima diplomacia la inevitable confusión generada por las similitudes entre el martirio de Giulia y la muerte de Cristo: elegida como símbolo del martirio femenino en un monasterio de mujeres, Giulia debe mostrar el seno para afirmar la propia feminilidad, con los brazos abiertos y clavada, sin velo; ni siquiera el pelo largo cae hacia adelante sino es echado detrás de los hombros. El artista logra representar el pudor de Giulia en un cuerpo que no palpita; confía la expresión del éxtasis y del dolor al movimiento del drapeado, a la tensión del rostro hacia el Cielo.
Son todavía lejanas, en el tiempo y en el espacio, las sensualísimas visiones del barroco romano; lo serán siempre. Hay fermentos que, sin embargo, ni siquiera Brescia puede ignorar; la naturaleza, con sus matices, con las necesarias mediaciones, pide su lugar en la historia de la escultura local.

Carlo y Giovanni Carra
Santa Giulia crucificada

1620 aproximadamente
De la iglesia de Santa Giulia, segundo altar a la izquierda
Brescia, Santa Giulia Museo de la Ciudad

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